Amigo


─ ¡Páseme la carabina! Y no joda tanto cada vez que se la pido. 
─ Yo no tengo la culpa de que usted haya perdido la suya. Además recuerde que tenemos que subir donde Don Fernando, mi papá nos está esperando para que le ayudemos a limpiar el rastrojo.  
─ ¡No sea marica Alberto! Usted tan gallina como siempre. Préstemela un rato que ya vienen subiendo los pericos, seguro que esta vez le puedo sacar el apostador a alguno con todo y plumas. 
─ Mire José yo no sé, si mi papá me pregunta por usted yo no lo he visto, y si alguien lo pilla con esa carabina, usted la cogió solo, yo no tengo nada que ver con esto. Yo lo echo al agua donde me haga quedar como un culo, ¡Cuidadito pues!
─ Que si hombre que sí, yo ahorita le caigo. Ayúdeme, mire que si lo hace, yo me encargo de la comida de la gata hasta el próximo jueves, ¿Qué dice? Más bien pásemela rápido que quiero cogerlos desprevenidos cuando venga la bandada a posarse en la Ceiba, seguro que van a empezar a buscar donde comer, me voy a esconder por los guasimos y al que me de papaya lo voy es pelando.
─ Usted es un hijueputa José, pero ya verá que hace. Tome pues y no haga güevonadas. Y no se le olvide, ya me prometió lo de la gata.

Serían las 6 de la mañana en la vereda Versalles cuando José armado de valor, agarro la carabina de aire que solían usar para cazar desprevenidos pájaros t arrancó colina abajo sin mirar hacia atrás. Tenía tiempo que la usaba a escondidas de don José, su padre, un campesino nato, mujeriego y tomatrago. Con su balde lleno del cuncho de la chicha del día anterior, bajó rumbo a la quebrada que quedaba más allá de la ladera cercada por limón de don Jacinto, un vecino perro viejo y cansón que azotaba a su mujer e hijos, miraba con un morboso gusto a todas las peladas del vereda, y si alguna burra se cruzaba en su camino, también hacía de las suyas.


Ese día Arrastrándose por entre las guayabas pudo sentir la llegaba de una bandada de cientos de pericos entre los tenues rayos de la luz mañanera, que para ese entonces ya acariciaban el rocío que se posaba plácidamente sobre las hojas, los pastos y los forrajes. Era una carrera contra el tiempo, cada año llegaban en su migración por tierras más cálidas, encontrando un lugar especial en medio de estas montañas andinas llenas de frescura y humedad, ricas en frutales y numerosos árboles para descansar y recomponer su camino. 

José llegó deprisa al borde de la quebrada, llenó rápidamente su balde y como en una escaramuza, su rostro se transformo en guerra. Esta era la lucha entre su puntería y aquellos distraídos pájaros que estaban lejos de imaginar el peligro que corría por debajo de ellos. Arrastrado y sigiloso con su arma, avanzó por el campo atravesando congos, yarumos, guayabos y naranjos mientras su mano derecha se deslizaba por entre uno de los bolsillos en busca del dardo amargo, pesado y lleno de odio que quedaba desfigurado entre sus dedos. Él no le temía, por el contrario lo enfrentaba, se escurría entre sus dedos llenos de sudor y olor a tierra mojada sobre esa delgada lucha intangible entre la inocencia y la maldad.

Al encontrar la posición adecuada, recostó suavemente el balde contra el tronco de un pequeño congo, se arremangó la camisa corta, descansó la carabina en su muslo izquierdo y se enjugó el sudor de su frente con la derecha.

Aguardando el momento indicado y acurrucado entre los pastos salvajes, tomó el primer sorbo de chicha del día que es el menos fermentado, el sol empezaba a calentar poco a poco y él, sin hacer el más mínimo ruido, esperó a las aves que empezaron su concierto matutino llegando a posarse sobre las ramas débiles que bailaron emocionadas de arriba abajo como sintiéndose orgullosas de ser ellas las escogidas entre miles como plataforma de espectáculo. Y cuando llegó ese corto momento de paz constante, donde todo pareció detenerse, un aleteo de miles rompió la armonía, y como un gato salvaje José supo que ya estaban llegando. Sus presas se acercaron velozmente, jugando en el cielo y de una en una desplazaron a las especies ya posadas coronándose como las apoderadas del nuevo espectáculo que estaba dando comienzo. Era como si sintieran que las estaban esperando, que serían las protagonistas de esta novela macabra. Con la mirada distraída y movimientos bruscos de cabeza, se internaron entre el denso bosque buscando el refugio del sol, alimento y algo de agua para beber.

Periquito llegó en medio de la multitud, sus colores no sobresalían sobre el común de los otros de la bandada, pero tenía una cualidad que esa mañana lo llevaría a ser la presa que José estaba buscando. Era un ave distraída y curiosa, que ignorando con rebeldía cualquier tipo de peligro, se alejo de los suyos y llegó a posarse a escasa distancia del pequeño congo donde José reposaba con chicha en mano y carabina cargada. 

Lentamente José dejo la chicha cerca al tronco y subió su carabina al hombro, era tan experto y tenía tan buena puntería que no necesitó demasiado tiempo para tener en la mira a Periquito que inocentemente perforaba una guayaba para calmar su hambre. El dardo salió con tanta velocidad que al percatarse, Periquito había recibido el impacto en un costado y cayó rápidamente entre las ramas y hojas con dirección al suelo. Su llegada fue estrepitosa y una nube de tierra se esparció en derredor, Periquito estaba inmóvil y empolvado. El sonido de la carabina fue tal, que el aleteo del resto de aves fue por doquier pero ya no de juego en el aire, ni de felicidad placentera por encontrar alimento y bebida, fue el aleteo del temor, de la violencia que tocaba el espectáculo y ennegrecía la mañana.

José salto con alegría de su escondite y corrió hacía Periquito que yacía inmóvil en el suelo, al acercarse y tomarlo entre sus manos, se dio cuenta que el perico no había muerto, su endemoniado dardo lo había herido en un costado y respiraba con dificultad. José llevo su presa hasta donde estaba su chicha y su carabina, se sentó sobre el pasto, bebió otro sorbo más concentrado y en un acto de frialdad, sacó su navaja para dar sentencia de muerte al perico que sufría por el impacto recibido. En el momento de degollarlo, se miraron fijamente, el ave con resignación y él con satisfacción, José tenía la potestad. Era el inquisidor de esta cruzada. Pero algo inesperado sucedió. En un intento por sobrevivir, Periquito lanzó cantos al cielo, rogando para que la bandada ya extinta en el inmenso cielo, regresase para ayudarlo. José sintió pesar por aquel perico y como si algo del niño que todavía quedaba en él entrara en su corazón para moverlo y detenerlo de realizar este acto salvaje, cobarde y desigual, soltó su navaja sin preocuparse donde caía, dejó a Periquito cerca a la carabina y se movió rápidamente buscando unas cuantas ramas pequeñas de su alrededor, rasgó su camisa, buscó un cordón de sus zapatos y con la mayor delicadeza improvisó una cura para el costado de Periquito que seguía sangrando. Trató de amarrar la tela en la herida para evitar que perdiera más sangre y con las ramas entabló el ala para que no se lastimara más. Tomó otro sorbo de chicha, cogió la carabina y llevó entre sus manos a Periquito de regreso a su hogar.

Al volver a casa no encontró a nadie, el único ser vivo que merodeaba por allí era la gata de Alberto, que maullaba sin descanso. José limpió las heridas de Periquito y consiguió una vieja jaula olvidada que se encontraba cerca del estanque en la parte de atrás de la casa, la vieja jaula estaba oxidada y no tenía puerta, pero decidió que sería un buen lugar para que el perico se recuperara. José la llevó al interior para cubrir al ave de la lluvia y el sol y le dio alimento y agua. Allí se recostó a terminar de beber la chicha que le quedaba, cerca de Periquito que permanecía inmóvil y todavía respirando de mala manera. Bebió tanto esa tarde que se quedó dormido junto a él.

Desde aquel suceso tuvieron que pasar dos meses para que Periquito recobrara su salud por completo, pero con tan mala fortuna que para ese momento sus compañeros de vuelo habían continuado su migración sin percatarse de su ausencia. Para ese entonces, José se acostumbró a su presencia y continuó alimentándolo y cuidándolo. El ave entonces empezó a acompañarlo cuando tenía labores en el campo, se posaba en su hombro, revoloteaba por entre los arbustos y cantaba plácido mientras él hacía su trabajo. Se acostumbraron tanto a estar juntos que se volvieron inseparables, fue así como José dejó de cazar.

Los meses continuaron y cerca de un año pasó desde lo ocurrido ese día bajo la finca de don Jacinto. José sabía que la temporada en que regresaban los pericos estaba cerca y se estremeció al pensar en la partida de su inseparable amigo. Sabía que no podía impedírselo y que lo mejor que le podría ocurrir a Periquito sería continuar con los suyos.

El día que las aves regresaron, Periquito y José salieron como de costumbre hacía el campo, el a laborar y el otro a cantar a su lado. Cuando el perico los vio, voló hacía ellos sin siquiera mirar a José y no volvió más. Él trató de contener sus lágrimas, pero le fue imposible no sentir el nudo amarrado entre el pecho y negarse el cariño que le tenía al pajarito.

Regresó cuando caía la noche. Desolado y triste caminó hacía la jaula donde solía estar el ave, se sintió satisfecho y feliz por Periquito, él ya estaba con los suyos y podría volver a tener la libertad que merecía. Agachó su cabeza profusamente y lloró en silencio. Fue grande su sorpresa cuando un aleteo lo sobrevoló y se posó en su hombro, al levantar la cabeza, el perico estaba nuevamente sobre él, había regresado luego de un día lleno de encuentros y juegos con la bandada. José sintió como se deshacía el nudo que llevaba en su corazón. 

Esos siguientes días ocurrió lo mismo; mientras el laboraba, Periquito estaba con los suyos. Pero no les duró por mucho tiempo tanta dicha, ya que nuevamente el tiempo intentó arrebatar de su vida a su mejor amigo. Esos días que parecieron pocos se convirtieron en meses y la hora de migrar había llegado nuevamente. Fue así como Periquito no regresó, y esta vez José sabía que había partido para no volver.

Un año más cayó sobre la vereda Versalles y José ya no extrañaba a Periquito, los días en que llegaban nuevamente las aves se aproximaban, pero esta vez él ya no se preocupó por eso. Uno de esos días, cuando los pericos ya poblaban la zona José regresó del trabajo en las horas de la noche y al entrar por el patio se estremeció al encontrar a Periquito, revoloteando dentro de su casa. ¡Venía a saludarlo! A ver como estaba. Su viejo amigo regresó un año después, y como en el anterior, el ave regresó todas las noches.

Así pasaron cuatro años más, Periquito siempre regresaba a saludarlo cuando la migración se posaba sobre la vereda. Pero como esta es una historia verdadera que sucedió en la década de los 60 en los campos Colombianos, aquella gata de Alberto, la misma que José cuidó y alimentó y la cual fue prenda de su palabra aquel día en que conoció a Periquito. Esa misma gata, astuta y silenciosa como suelen ser estos pequeños felinos, una noche de ese cuarto año, sorprendió a Periquito descansando en su jaula y lo devoró por completo. Esta vez Periquito no pudo hacerle conejo a la muerte, esta vez perdió la vida en el mismo lugar donde empezó a vivir una amistad que superó los límites del tiempo, especie y razón.

José al levantarse apenas pudo ver el plumero por el patio trasero y el rastro culpable de la asesina, había perdido a su mejor amigo, aquel Periquito que vive en su recuerdo hasta el día de hoy. Ese día, porque suele decirlo: perdió a su único amigo. 

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