Sabor caribe

Me había detenido en medio de la calle, sobre el cemento del andén fundido que estaba caliente y olía a tierra mojada por la lluvia de la mañana. Un carrito de comida ambulante se acababa de detener y hacía sonar una campana que colgaba de uno de los brazos del coche. 

─ ¡Empanadas de carne y arroz, empanadas mixtas, empanadas de jamón y queso, pasteles de yuca! Sigan bienvenidos, la sala vip está en el segundo piso no necesitan pase de invitación. Sigan sigan sigan. 

El bullicio en la calle aumentaba a cada minuto, como lo hacía el calor que implacable, permeaba todo mi cuerpo y me hacía sudar frío. 

─ ¡Avena cubana! Tintooooo tinto tintooooo, chicles cigarrillos. ¡Empanadas, empanadas!

Me acerqué entonces al carrito, antojado por la curiosidad y con unas ganas tremendas de poder saciar la sed con la avena cubana que ofrecía a gritos.

─ Buenos días vecino, ¿a cómo tiene el vaso de avena?

─ A 2 barras veci, lleve el combo con empanada a 3.

─ Es que no tengo mucha hambre.

─ Anímese que no se va a arrepentir. Se lo digo yo compadre, hágame caso. 

Aún indeciso, miraba las canastas cubiertas con papel periódico que ocultaban las empanadas. Estaban grasosas y húmedas. Salía un vaho espeso por los costados.

─ Mire veci, llévese un pastelito de yuca. Seguro que no se arrepiente compa, tiene mi garantía. Productos de la mejor calida’, solo para clientes como uste’.

─ Bueno, ─ dije finalmente al sentirme presionado ─ deme un pastel de carne con arroz y el vaso de avena. – Saqué un billete de cinco mil y él, con una sola mano sacó diestramente un fajo de billetes arrugados y sucios del bolsillo trasero del pantalón, los recostó contra su pecho y con un movimiento de sus dedos me mostró el cambio de 2000 que metí en mi bolsillo.

Estaba tomándome la avena y comiéndome el pastel cuando vi a lo lejos el bus que mi amigo Carlos Contreras me había dicho que tenía que tomar. 

─ ¡Mierda! ¿Veci no tiene una bolsita? ¡Se me va el bus, se me va! – Grité casi mudo, angustiado, sudando todavía más que hacía unos minutos que había llegado, picado en la boca y los labios por el ají que había vertido a placer en el pastel de yuca y salpicado por unas gotas de avena que habían ido a parar en mi camisa por mi reacción involuntaria y huidiza al ver el bus acercarse rápidamente.

─ Tranquilo mi veci, tranquilo que yo detengo a ese animal.

Saltó entonces del andén y se paró casi al frente del bus, que levantaba polvo amarillo del suelo por la velocidad que llevaba. El señor del carrito de empanadas no se preocupó, se quito la gorra y batió sus brazos en un esfuerzo exagerado para lograr que el conductor del autobús lo viera a una distancia prudente y alcanzara a detenerse. Yo lo vi casi muerto, espichado por el bomper y una o dos de esas llantas gigantescas y amenazantes. Pero el conductor era diestro, se detuvo a pocos centímetros de la cara del otro y salió por la ventana de inmediato, sin camisa y batiendo otra de sus manos en medio de la humareda y el polvo que había levantado con la violenta frenada. 

─ ¡Compadre Juan! No juegue así con su vida, mire que un día de estos lo voy a matar de verda’ verda’. 

─ Déjese de güevonas compadre que tonto no soy.

Yo me quedé viendo la escena desde el andén, al lado del carro de empanadas resguardado por una sombrilla de varios colores que difuminaba la luz del sol que atravesaba diáfana para dar contra las canastas de empanadas, el tarro del ají, la avena y los cigarrillos. En silencio, estupefacto, sintiéndome un poco idiota. Sentía que montaban la escenita a diario con turistas incautos como yo, y es que cuando me miré la camisa manchada por la avena y ahora también por unos cuantos granos de arroz con carne del pastel de yuca, pude entenderlos mejor. Chanclas, una pantaloneta de baño con estampados de diversas frutas caribeñas y una camisa hawaiana. De pronto me sentí tan ridículo, Dios mío bendito cómo carajos pude salir vestido de esta manera, es clarísimo que me van a joder a donde quiera que vaya. 

Ellos seguían gritándose en medio de la calle, se divertían. El conductor se secaba el sudor de las axilas con un trapo grisáceo, más de la mugre que tenía que por su condición natural. Resolví entonces subirme al vehículo igualmente. 

─ Vecino, ¿cuánto vale el pasaje? 

─ Dos barras. – Me contestó sin mirarme siquiera.

─ Este va por el barrio crespo ¿verdad?

─ Sí sí compa, ya siga.

Me senté atrás, en el costado izquierdo. El bus iba vacío. Me comí el resto de empanada ahí aplastado, con un calor desgarrador. Miraba por la ventana el carrito de empanadas y la humareda densa saliendo de las canastas. Me sentía dentro de una de ellas. Carajo, quién me mando a meterme en esto precisamente hoy. Ansioso y fastidiado por la asfixia del interior del vehículo, me levanté desde el asiento como para poder darme cuenta si ya habían terminado de charlar, pero no. Me senté nuevamente, tomé un sorbo de avena. Volví a pararme, volví a sentarme. Carajo carajo carajo. Incliné el vaso para poder beber el cuncho que parecía aferrado a las paredes del recipiente, di unos golpes con los dedos en el culo del mismo para obligar a bajar más deprisa al líquido. Me cayeron otro par de gotas en la camisa, ahora bajaban por la tela y se dejaban absorber con una rapidez inusual.  Mierda, si seré imbécil. Me levanté y fui a preguntarle al conductor qué pasaba.

─ Nos varamos mi rey, pero eso es prontico que se arregla.

─ ¿Nos varamos? Pero qué carajos, ¿cómo así que nos varamos?

─ Así como lo oye mi veci, venimos recalentados.

Subió entonces el señor del carrito de empanadas.

─ Venga y se come otra empanadita compadre, está va por cuenta de la casa; mientras enfría el bus.

Ya no sabía si reír o llorar. Me bajé resignado, apenas si lo miré a la cara y regresé al andén húmedo y caliente, por donde emprendí el camino de regreso a la casa de Carlos para bañarme y cambiarme de ropa. 

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