Las canoas del río Meta
El canto de cuatro gallos me despertó cuando la brisa del río todavía
soplaba entre los guásimos y los naranjos, y allá lejos, en el horizonte
sabanero, un pedazo de mandarina se asomaba derramando arreboles sobre el cielo
del alba llanera. Sentí los tragos de la noche, pero me amarré el cuchillo a la
cintura y me levanté del chinchorro con presteza. Aquella noche Andrés había
salido para guindar los anzuelos río arriba en el Meta. Tan solo tenía ocho
años, y yo, por andar borracho anzueleando por el cauce río abajo, no había llegado
a tiempo para irme con él. De manera que bajé el
barranco hasta la orilla del Meta y tomé la canoa de Jacinto para intentar, en
lo posible, darle alcance lo más pronto que pudiera.
Todavía hacía frío al arrancar el motor de la lancha y la ventisca
mojada me dio de lleno cuando rompía las olas con la proa de madera rancia.
Alisté un carrete de nylon y puse en el anzuelo un pedazo de corazón de pollo
podrido que, entre otros pedazos de vísceras, vagaba de un lado a otro en el
fondo de la canoa. El olor me dejó sin aliento y sin apetito. Trataba
inútilmente de disipar mi preocupación y no pensar más en Andrés, pero
imposible. ¿Por qué carajo no había llegado a tiempo? Solo quería que él
supiera lo que había tocado hacer con el guindado que habíamos dejado abajo,
entre el manglar, antes de que desapareciera. Que supiera que no había sido por
dejarlo solo, que me tocó aventurarme en la noche y sumergirme entre los
remolinos de la creciente para soltar el anzuelo cuarenta y ocho que se había
enredado en el lecho del río, maniobrando entre ramas y troncos con la tenue
luz de la luna para lograrlo.
Entonces, el anzuelo que acababa de lanzar picó, sacándome del ensueño.
Traté de esperar un rato para que el pez, inocente y con hambre, mordisqueara,
y nada más sentí el tirón, halé el hilo enredándolo entre mis dedos, que se
cortaron un poco, y desparramé el nylon en el interior de la barca. Cuando lo
saqué, no traía un pez; apenas si asomó atrapado en el anzuelo una chancleta
embarrada del niño Andrés.
Andrés, Andrés, ¿qué te has hecho? Desenredé el calzado de la cuerda y
lo puse en un banco de madera que unía la canoa, esperanzado y feliz de poder
entregársela a mi hijo, mi único hijo varón, para decirle que papá había
logrado rescatar con mucha tenacidad su chancla del fondo del impetuoso río
Meta.
Volví a poner otro pedazo de carne picha en el gancho metálico y lo
lancé a lo lejos. Apenas si cortó el viento el nylon al cruzar velozmente por
encima de la corriente. No duró ni dos minutos en el agua cuando empezó a tirar
nuevamente. Ansioso, lo atraje de un tirón certero. Lo subí a la lancha con
resignación y me sorprendí todavía más al ver que venía engarzado con la canoa
de juguete que yo mismo le había fabricado a Andrés años atrás.
Me detuve un momento para mirar el horizonte, observé el lecho del Meta,
a contracorriente, y aumenté la velocidad del motor de la lancha. Pero pasaron
las horas y no pesqué más nada que su camisa.
Cuando los arreboles jugueteaban nuevamente en el cielo del ocaso, volví
con resignación, pero con más fuerza todavía, al muelle del caserío, y me
aventuré río abajo para anzuelear otra vez con la tinaja repleta de aguardiente,
seguro de que esa noche desenredaría del guindo el anzuelo cuarenta y nueve del
fondo del río, seguro que sí.
Mañana
será otro día, me dije. Mañana sí te encontraré, Andrés.
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