Apología sucia de La Habana

Caminaba entre Campanario y Manrique por el Malecón fumando popular, la asquerosa humedad se impregnaba en mi cuerpo, pasaban por mi lado dos vendedores de maní así que crucé hacía el mar para evitar que interrumpieran mi silencio y mi humo. Me senté como quien no quiere la cosa y uno de ellos me grita: ¡Chile! ¡Chile!, yo me hago el güevón... pero él insiste: ¡Chile!¡México!, me siento en la barricada con los pies hacía el océano. Mi esposa, que camina a mi lado me sigue la corriente, pero el negro no se rinde, cruza hacía nosotros y nos dice: tranquilos que acá no es como en su país, no les va a pasar nada. Y yo le digo, no sé como será en Chile o en México, pero en Colombia si nos asustamos con estas cosas porque regularmente nos joden. Él ríe y nos dice: ¡FARC!, guardamos silencio. Pero continua diciendo: ¿Ya tu sabe lo que te vengo a ofrecé? El máj rico y tradicional bizcochito, dame lo que puedas pero llévate un cucuruchito de maní. Yo llevo mi mochila cruzada, busco una botella de habana club tres años que sobrevivió la rasca de la noche anterior y le brindo un trago, él se sienta a nuestro lado y toma. Le digo que no tengo  dinero y él me dice: yo espero que vayas por él. Reímos y tomamos ron. 

Nos presentamos con estrechón de manos, le pregunto si lleva mucho tiempo vendiendo maní y me dice que hace más de dos años, que está esperando otros dos para poder irse del país ya que son los cuatro que le exige el gobierno a un cubano como Rodrigo, doctorado en cardiología, para dejar todo el conocimiento seguro y encerrado. Le digo que es una situación muy complicada y el ríe nuevamente, aún no sé si de mí, de mi estúpido comentario y de él mismo. Dice que no se va porque viva mal o porque esa supuesta y maldita revolución lo tenga jodido, abiertamente nos dice que los únicos que andan como ricos son Fidel y Raúl en sus palacios de Miraflores y Silvio Rodríguez, pero que les dan todo, que los han vuelto perezosos y malagradecidos. Nos cuenta que aunque muchos viven hacinados, cada cubano cuenta con su techo y trabajo. Que lo que pasa es que muchos no trabajan porque no les gusta y con el mercado que les dan mensual les alcanza para comer y para sus rones. Dice que está aburrido de esta mierda tan aburrida, que el sueño de él es poder comprar un televisor y un celular de última generación, navegar por la Internet libremente y mirar todo el porno que pueda. Bebemos nuevamente. Ahora yo soy el que río, miro las calles viejas y siento el olor a tabaco, veo niños descalzos y miseria en cada cuadra, siento seguridad a pesar del reto mental al que me enfrento, sí, me siento seguro tomando ron con un vendedor ambulante desconocido. Él viste con ropa vieja, yo con una mejor, pero él se siente libre en su isla y yo encerrado conociendo el mundo, ¿o al revés? Qué mierda importa. Le pregunto que piensa de Silvio, me dice: ni para qué te cuento. ¿Ya fueron a la casa de la música? Te vas bajando por el Deauville y lo encuentras a mano izquierda unas calles luego. Le pregunto si es seguro y ahora si se ríe de mí y me pide más ron. Dice que no podrán tener lujos pero que La Habana es más segura que Dinamarca y Suiza juntas y que el mayor evento que vive a diario es mirar a escondidas a una vecina haciéndolo con el amante cuando su marido se va a trabajar. Que los tiempos han cambiado pero que luego de más de 55 años en ella lo más malo que ha hecho la revolución  a los cubanos ha sido asesinar a Cienfuegos y que todo el mundo lo sabe pero que nadie lo dice. Bebemos y fumamos más, empieza a anochecer y el malecón se empieza a convertir poco a poco en el lugar por excelencia para mitigar el aburrimiento. Más vendedores de maní, más turistas tomando fotos, más cantantes de nueva trova cubana, pescadores, brujos y brujas, jineteras y más turistas con ellas, estos no toman fotos.

Le pregunto por las FARC, me dice que no sabe que andan haciendo, que el cree que en Miraflores con los Castro pero que a fin de cuentas nadie sabe donde es que están realmente. Los rones bajan cada vez más cálidos y la lengua cada vez más suelta, de ambos bandos. Le pregunto si es feliz, me dice que sí, que su única preocupación es tener su televisor y su celular, que por el resto no tiene que preocuparse. Me dice que tiene seguridad, casa, comida, salud y educación; todo pagado con la revolución a pesar del bloqueo. Que el quiere salir para ver un mundo diferente, que ya está hasta la mierda de bajar y subir el vedado comiendo helado y pidiendo ropa y champú en el Habana Libre a los turistas incautos. Le digo que tenía una imagen muy diferente de Cuba, el nos dice que tenía otra imagen de los chilenos y mexicanos. Los tres reímos.  

La noche cubre el malecón y las olas se vuelven más recias, bebemos otras horas más, ya no importa el cucuruchito de maní ni mi miedo sembrado, tengo la sensación que no podré cruzar la calle para ir a dormir, ahora y en todo mi tiempo allá, fue mi única preocupación: acordarme del camino de regreso cuando los rones cumplían con su deber. 

La noche terminó tranquila, como todas allá, sin televisores y carros lujosos, pero con regocijo en el corazón, con la cura para el alma que todo colombiano, espero pueda experimentar algún día: vivir sin miedo.  
        

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