Entre los jardines huidizos de mi infancia
Hacía más de 20 años que no venía a este pueblo enterrado. Todavía olía como el armario de mi abuelo: rancio, estático, a agrás mezclado con nata de leche de vaca. Mis fosas nasales pasaban problemas en aquellos tiempos, lo bueno era que a los minutos estaba tan atascado por el fuerte olor, que irremediablemente empezaba a respirar por la boca, abriéndola demasiado. Jadeando como un toro de lidia traicionado. Ese olor, tan despreciable en esos años, hoy se me antojaba agradable. De alguna manera el rastro de nostalgia que me atropellaba a sus anchas me hacía sentir ganas de llorar. Como esas lágrimas que salen esporádicamente y sin quererlo en el momento menos indicado. Igualitas a esas lágrimas calientes y ansiosas que bajaron por mi rostro cuando pisé estos jardines por última vez, la última vez que había elevado cometa con mi abuelo. Fueron estas colinas áridas y duras que me habían visto crecer cuando acababa la temporada escolar y venía a parar en ellas, las que me habían ay...