El taxista noctámbulo
Cuando se subió en el interior del taxi
iban siendo las dos de la mañana. Ya había una persona más en el asiento de
atrás y fue a parar al lado de ella. Se veía exhausta, sudaba frío. Tenía el
pelo suelto y el viento de la ventana trasera que estaba abierto de par en par
lo revoloteaba desordenadamente. El pisquero del porro de la joven embotó sus
sentidos.
─ Hola mi vida. ─ Le dijo poniéndole una mano en la pierna descubierta y
fría mientras besaba su cachete. ─ ¡Carlitos! ¿Como andamos? ─ Giró y puso la
otra en el hombro del taxista.
─ Todo bien mi amor. ¿Mucho voleo?
─ Lo de siempre.
Sacó la pipa del bolso y vertió en ella algo de la
marihuana que todavía le quedaba y carburó una, dos, tres, cuatro veces. Y esa
cuarta la fumó a placer. La bocanada salió densa, como el humo de una hoguera alimentada
con hojas mustias y húmedas. Se reclinó en el asiento, abullonando la espuma.
Abrió también la ventana permitiendo que los vientos se encontraran creando
remolinos fríos en el interior del vehículo. Colocó entonces su bolso encima de
las piernas para que la ventisca no levantara su falda corta.
─ ¿Hacia dónde vamos reina? ¿Ya para la casa o tiene
otra vuelta?
─ Todavía no me confirman, tengo tiempo.
Miraba las calles de Bogotá desiertas por la ventana,
apenas iluminadas por los postes grises del alumbrado público que despedían una
luz tenue color naranja.
Ya casi, no falta mucho. Aguanta un poco más. Se decía
entre sueños, imaginando cómo sería tener otra vida, tener a cuestas la lucha
de otra persona. Pensó en la chica que viajaba a su lado que no debía tener ni
17 años todavía y ya estaba arrastrada entre este túnel sin salida. La droga
había empezado a tranquilizarla. Ya podía separar los sonidos de los
instrumentos ahogando los otros a su antojo, y viajaba así; entre el bajo y la
guitarra a cuatro y dos cuartos de las bandas de rock que sonaban en el radio
del taxi.
Carlos agarró la avenida Caracas al sur subiendo la
velocidad. La luz de neón que alumbraba distraída el interior del vehículo se
fusionaba con los tonos ocres del exterior, creando por momentos destellos
incoherentes, cálidos.
Sacó entonces media botella de whiskey del bolso,
bebió del pico y se la pasó a la chica del lado que, tomándola sin siquiera
voltear a verla, bebió como un grito ahogado; con los ojos cerrados. Apenas si
podía ver a contraluz el líquido bajando por sus amígdalas.
Tiene que tener la edad de mi hermano David. Se decía.
Ya casi, ya casi. Un poco más y tendré suficiente para pagar su semestre en la
universidad. Después de eso me haré las tetas, ya no puedo seguir dándole
largas a eso. Se puso entonces ambas manos en sus senos, se movió hasta el
medio del asiento y miró sus diminutos pechos en el espejo retrovisor del taxi.
Tomó nuevamente la botella y se dio otro trago largo.
─ ¿Un chorrito Carlitos? ─ Le dijo extendiéndole la
botella.
El taxista bebió también del pico, chorreándose la
cara. Seguían rumbo al sur y el paisaje venía cambiando a toda velocidad. Ya se
habían retirado de la zona hotelera y financiera de la 72 donde había recogido
a Carmen después de cuatro horas de trabajo sexual con un joven adinerado de
Medellín. A medida que se alejaban del norte la miseria también empezaba a
transformar las calles de esta ciudad indolente.
Bajaron hasta la calle 22 y se esfumaron por la zona
de tolerancia, entre los negocios millonarios de militares, policías y
políticos.
Eran casi las dos y media de la mañana cuando Carmen,
Carlos y la chica estacionaron en una calle ajetreada y sucia, allá donde
parecían pertenecer; allá donde le dolían todavía menos a esta ciudad dormida.
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