Entre los jardines huidizos de mi infancia


Hacía más de 20 años que no venía a este pueblo enterrado. Todavía olía como el armario de mi abuelo: rancio, estático, a agrás mezclado con nata de leche de vaca. Mis fosas nasales pasaban problemas en aquellos tiempos, lo bueno era que a los minutos estaba tan atascado por el fuerte olor, que irremediablemente empezaba a respirar por la boca, abriéndola demasiado. Jadeando como un toro de lidia traicionado. Ese olor, tan despreciable en esos años, hoy se me antojaba agradable. De alguna manera el rastro de nostalgia que me atropellaba a sus anchas me hacía sentir ganas de llorar. Como esas lágrimas que salen esporádicamente y sin quererlo en el momento menos indicado. Igualitas a esas lágrimas calientes y ansiosas que bajaron por mi rostro cuando pisé estos jardines por última vez, la última vez que había elevado cometa con mi abuelo.

Fueron estas colinas áridas y duras que me habían visto crecer cuando acababa la temporada escolar y venía a parar en ellas, las que me habían ayudado a forjarme entre los inmensos árboles de eucaliptos y pinos que no hacían otra cosa que secar todavía más esta tierra batida y agria cuando corría libremente con el viejo.

Pasábamos días enteros recogiendo las piñas de las coníferas y hacíamos una cantidad innumerable de juguetes con puntillas y tapas de cerveza corroídas por el óxido. Juguetes agrestes y toscos que pintaron mi infancia. Aviones de papel que volaban distraídos entre las corrientes de los vientos andinos, aquí, en el medio de esta tierra de nadie, en este país de sin sentidos.

Nos ocultábamos de la noche cuando el cielo se teñía de la bruma que traía el frío, la luna y las estrellas, y corríamos entre los mismos árboles, una y otra vez, evitando toparnos con esos monstruos que él inventaba para mí, y que lograban transformar este paisaje de dunas y taludes secos tan tranquilizador con la luz del sol; en un espacio abierto repleto de sombras y sonidos extraños, del graznar de los cuervos y el cantar de los mochuelos que me hacían estremecer de angustia. 

Como el día que mi abuelo, en un intento desafortunado por formarme a su recia imagen, se había dedicado a contarme la historia de un ser delgado y extraño, muy alto, que se escabullía entre las sombras del bosque y atacaba sin piedad a los niños que se asustaban al verlo. Era entonces, al identificar al pequeño estremecido por su presencia, que el espíritu fundía sus negras manos entre la sombra que se proyectaba de él mismo en los troncos y la tierra, y la sombra se extendía con rapidez hasta el asustado para devorarlo por completo, cortándole la respiración como una pitón, tragándolo todo, dejando a su paso tan solo una polvareda por la agitación. Me decía que al verlo debía enfrentarlo, pero yo no pude hacerlo nunca. Me escabullía cuando llegaba el ocaso, y corría sin mirar atrás ni fijarme en las extrañas sombras de los árboles, buscando una de las luces de las lámparas de queroseno que mi abuela ya habría encendido en su casita de bahareque y cubierta a dos aguas y teja de barro, y que al verlas a lo lejos me llenaban de tranquilidad.

Así pasaron lentos esos días añejos, entre las cometas y el olor dulce y empalagoso de los eucaliptos y los pinos, imaginando ser un diestro piloto como Exupéry, anhelando no estar en medio de esta agreste cordillera repleta de coníferas y hojas mustias. Deseaba subirme a uno de esos aviones de papel y volar hasta el desierto del Sahara, y encontrarme, por qué no, con El Principito, para dibujarle en esta soledad repleta de incomprendidos. Y si la suerte estaba conmigo, tal vez nos llevara, a mis abuelos y a mí, a su cielo estrellado para no volver jamás.

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