Mañana en el cafetal
Ese día, como lo veníamos
haciendo desde que teníamos recuerdos, bajé con mi hermana Lucila a recoger los
granos de café en la plantación de un amigo de nuestro padre. El camino era
largo desde nuestra finca. Teníamos que recorrer casi seis kilómetros por un
trecho escurridizo que se camuflaba entre los matorrales y la densa selva del
territorio. Sabíamos bien cuando estábamos próximos a llegar ya que la espesura
terminaba de repente para dar paso a una colina de color amarillo, donde
veíamos a lo lejos la casa de don Fernando, y a su alrededor los pasillos
interminables de las matas de café. Pero ese día, cuando nos abrimos paso entre
las matas y los árboles para sentirnos libres una vez más al pisar el césped de
la colina, una humareda tenía envuelta la casa de don Fernando. Escuchamos
entonces uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete tiros de fusil; y a lo
lejos, vimos a don Fernando llevando a la niña carmelita de la mano, corrían
desde la entrada de la casa perseguidos por dos tipos que les metieron otros
veinte tiros al menos, estallando sus cuerpos contra la tierra batida.
Intentamos en vano escabullirnos por las matas de café, pero nos delatamos con el ruido. Al instante aparecieron lo que debieron ser unos cincuenta tipos con camuflados y sombreros pesqueros de color verde oliva.
─ Chito chito que nos cayeron los
paras Lucila ─. Le dije a mi hermanita sujetando su boca con una de mis manos. La
rodeé con mi cuerpo intentando detener su estremecimiento, y el mío también,
aprisionando nuestros cuerpos. Ella gimoteaba mientras le brotaban sendas
lágrimas de sus ojos negros. Miraba sin parpadear el movimiento de los hombres,
que ante el ruido que habíamos provocado, se daban señales en silencio con las
manos esparciéndose por el cafetal para dar con nosotros.
─ Vete, lárgate de acá. Te vas
hasta los matorrales y corres hasta la casa sin parar, no puedes parar.
─ Yo, yo… yo no quiero.
─ ¡Que te vas! ─, la empujé hacia atrás y le señalé
con la mano el camino que debía emprender por entre la selva para huir lo más
rápido que pudiera.
Cuando la vi perderse por los
matorrales, traté de detener mi aliento agitado. Las palpitaciones de mi
corazón sonaban profundas, como las percusiones de grandes cajones golpeados
con las manos. Fue entonces que resolví arrastrarme entre las matas lejos del
camino que había emprendido Lucila.
La tierra se revolvía por debajo
de mí, sentía el escozor en mis rodillas, que para ese momento ya sangraban.
Alcancé la selva por el otro costado de los cafetales, me detuve para mirar
rápidamente dónde estaban mis perseguidores; y cuando los vi distraídos viendo
hacia otra dirección, corrí hasta el monte. Uno, dos, tres tiros silbaron por
mis lados. Pero no me detuve, corrí demencialmente, sin saber hacia dónde me
dirigía hasta que fui a parar al mismo camino rural maltrecho. Vi entonces a mi
hermana a unos doscientos metros de distancia caminando, asustada, mirando
hacia los lados.
─ ¡Lucila, Lucila! ─ Le grité
entre susurros. ─ Sal de ahí que te van a matar.
Llegaron entonces por ambos lados
del camino, yo los veía desplazarse por las matas y el trigo. Fue entonces que
otro disparo seco salió del monte y dio en la espalda de mi hermanita, que cayó
con su cuerpo hacia el frente. Se desplomó y tan solo pude ver que movía sus
piernas en un inútil intento por arrastrar su cuerpo inerte que pedía vivir,
tan solo eso.
─ ¡Lucila!
Las lágrimas nublaron mi visión,
y entonces sentí el fogonazo a mis espaldas. El calor me recorrió el cuerpo y
los órganos destrozados; y al suelo fui a parar también, mirando hacia donde
estaba mi hermanita.
─ Lucila; ya pronto te veré otra vez.
Comentarios
Publicar un comentario