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Mañana en el cafetal

Ese día, como lo veníamos haciendo desde que teníamos recuerdos, bajé con mi hermana Lucila a recoger los granos de café en la plantación de un amigo de nuestro padre. El camino era largo desde nuestra finca. Teníamos que recorrer casi seis kilómetros por un trecho escurridizo que se camuflaba entre los matorrales y la densa selva del territorio. Sabíamos bien cuando estábamos próximos a llegar ya que la espesura terminaba de repente para dar paso a una colina de color amarillo, donde veíamos a lo lejos la casa de don Fernando, y a su alrededor los pasillos interminables de las matas de café. Pero ese día, cuando nos abrimos paso entre las matas y los árboles para sentirnos libres una vez más al pisar el césped de la colina, una humareda tenía envuelta la casa de don Fernando. Escuchamos entonces uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete tiros de fusil; y a lo lejos, vimos a don Fernando llevando a la niña carmelita de la mano, corrían desde la entrada de la casa perseguidos por dos...

Entre los jardines huidizos de mi infancia

Hacía más de 20 años que no venía a este pueblo enterrado. Todavía olía como el armario de mi abuelo: rancio, estático, a agrás mezclado con nata de leche de vaca. Mis fosas nasales pasaban problemas en aquellos tiempos, lo bueno era que a los minutos estaba tan atascado por el fuerte olor, que irremediablemente empezaba a respirar por la boca, abriéndola demasiado. Jadeando como un toro de lidia traicionado. Ese olor, tan despreciable en esos años, hoy se me antojaba agradable. De alguna manera el rastro de nostalgia que me atropellaba a sus anchas me hacía sentir ganas de llorar. Como esas lágrimas que salen esporádicamente y sin quererlo en el momento menos indicado. Igualitas a esas lágrimas calientes y ansiosas que bajaron por mi rostro cuando pisé estos jardines por última vez, la última vez que había elevado cometa con mi abuelo. Fueron estas colinas áridas y duras que me habían visto crecer cuando acababa la temporada escolar y venía a parar en ellas, las que me habían ay...

Sabor caribe

Me había detenido en medio de la calle, sobre el cemento del andén fundido que estaba caliente y olía a tierra mojada por la lluvia de la mañana. Un carrito de comida ambulante se acababa de detener y hacía sonar una campana que colgaba de uno de los brazos del coche.  ─ ¡Empanadas de carne y arroz, empanadas mixtas, empanadas de jamón y queso, pasteles de yuca! Sigan bienvenidos, la sala vip está en el segundo piso no necesitan pase de invitación. Sigan sigan sigan.  El bullicio en la calle aumentaba a cada minuto, como lo hacía el calor que implacable, permeaba todo mi cuerpo y me hacía sudar frío.  ─ ¡Avena cubana! Tintooooo tinto tintooooo, chicles cigarrillos. ¡Empanadas, empanadas! Me acerqué entonces al carrito, antojado por la curiosidad y con unas ganas tremendas de poder saciar la sed con la avena cubana que ofrecía a gritos. ─ Buenos días vecino, ¿a cómo tiene el vaso de avena? ─ A 2 barras veci, lleve el combo con empanada a 3. ─ E...

Las canoas del río Meta

El canto de cuatro gallos me despertó cuando la brisa del río todavía soplaba entre los guásimos y los naranjos, y allá lejos, en el horizonte sabanero, un pedazo de mandarina se asomaba derramando arreboles sobre el cielo del alba llanera. Sentí los tragos de la noche, pero me amarré el cuchillo a la cintura y me levanté del chinchorro con presteza. Aquella noche Andrés había salido para guindar los anzuelos río arriba en el Meta. Tan solo tenía ocho años, y yo, por andar borracho anzueleando por el cauce río abajo, no había llegado a tiempo para irme con él. De manera que bajé el barranco hasta la orilla del Meta y tomé la canoa de Jacinto para intentar, en lo posible, darle alcance lo más pronto que pudiera. Todavía hacía frío al arrancar el motor de la lancha y la ventisca mojada me dio de lleno cuando rompía las olas con la proa de madera rancia. Alisté un carrete de nylon y puse en el anzuelo un pedazo de corazón de pollo podrido que, entre otros pedazos de vísceras, vagab...

El taxista noctámbulo

Cuando se subió en el interior del taxi iban siendo las dos de la mañana. Ya había una persona más en el asiento de atrás y fue a parar al lado de ella. Se veía exhausta, sudaba frío. Tenía el pelo suelto y el viento de la ventana trasera que estaba abierto de par en par lo revoloteaba desordenadamente. El pisquero del porro de la joven embotó sus sentidos. ─ Hola mi vida. ─ Le dijo poniéndole una mano en la pierna descubierta y fría mientras besaba su cachete. ─ ¡Carlitos! ¿Como andamos? ─ Giró y puso la otra en el hombro del taxista. ─ Todo bien mi amor. ¿Mucho voleo? ─ Lo de siempre. Sacó la pipa del bolso y vertió en ella algo de la marihuana que todavía le quedaba y carburó una, dos, tres, cuatro veces. Y esa cuarta la fumó a placer. La bocanada salió densa, como el humo de una hoguera alimentada con hojas mustias y húmedas. Se reclinó en el asiento, abullonando la espuma. Abrió también la ventana permitiendo que los vientos se encontraran creando remolinos fríos...

Apología sucia de La Habana

Caminaba entre Campanario y Manrique por el Malecón fumando popular, la asquerosa humedad se impregnaba en mi cuerpo, pasaban por mi lado dos vendedores de maní así que crucé hacía el mar para evitar que interrumpieran mi silencio y mi humo. Me senté como quien no quiere la cosa y uno de ellos me grita: ¡Chile! ¡Chile!, yo me hago el g ü evón... pero él insiste: ¡Chile!¡México!, me siento en la barricada con los pies hacía el océano. Mi esposa, que camina a mi lado me sigue la corriente, pero el negro no se rinde, cruza hacía nosotros y nos dice: tranquilos que acá no es como en su país, no les va a pasar nada. Y yo le digo, no sé como será en Chile o en México, pero en Colombia si nos asustamos con estas cosas porque regularmente nos joden. Él ríe y nos dice: ¡FARC!, guardamos silencio. Pero continua diciendo: ¿Ya tu sabe lo que te vengo a ofrecé? El máj rico y tradicional bizcochito, dame lo que puedas pero llévate un cucuruchito de maní. Yo llevo mi mochila cruzada, busco una botel...

El arte de cantar y bailar

Los sonidos de los tambores y el shamisen se esparcen por el teatro kabukiza creando una atmósfera dramática única. El maquillaje y el vestuario del actor se convierten en el complemento perfecto del baile más fantástico, estilizado y lleno de magia que se puede presenciar en todo el mundo. Refleja con total armonía una época dorada del Japón medieval. Tiempos que anhelamos todos, libres del entorno maligno y depravado de la guerra; donde las artes y las clases obreras trabajan al unísono conjugando situaciones del diario vivir para dar como resultado espacios dedicados al ocio, el esparcimiento y al juego. Después de las guerras internas que sufrió Japón por siglos, un personaje usurpador llegó para quedarse e instaurar el orden, cerrar al Japón de la influencia extranjera, dejar sin trabajo a los samuráis y por fin… darle la oportunidad al pueblo de crear una identidad que con seguridad perdurará hasta el final de este sistema actual. Les hablo del mítico periodo Edo. Tener la ca...